En la segunda década del siglo la obra de Kirchner experimenta un cambio más que notable. De aquellas obras en las que el color, por elocuente, está fuera de control, o mejor dicho, en las que el color controla la composición por sí solo; pasa a un férreo control de la línea, incluso a veces rayando figura y fondo, pasando el color a ser un elemento complementario. En efecto, la factura deja de ser a base de esas pinceladas tan gruesas y saturadas para conformar colores más unitarios, compactos y contenidos en sus contornos. Las figuras también sufren una considerable transformación, de aquellas formas redondeadas de la
Mujer yacente o
Los girasoles, no queda nada ya en estas figuras de línea puntiaguda, casi escarpadas.
La obra paradigma de este período es El juicio de Paris. Kirchner combina aquí esos contornos afilados propios del expresionismo alemán, esta vez sí, con otra influencia muy en boga en la vanguardia coetánea: el primitivismo. Basta una rápida mirada a los rostros para percatarse. Esas miradas alienadas, de inspiración étnica y que recuerdan a máscaras tribales se pueden observar en la obra de los grandes artistas influyentes de este momento. Efectivamente, la apertura de los primeros museos etnográficos en Europa fascinó a los artistas, que plasmaron en su obra, cada uno a su manera, esta "nueva" visión, convirtiendo una vez más en moderno lo que en realidad era retrotraerse a un pasado cada vez más primitivo y reelaborarlo en sus lienzos.
El color parece haber abandonado a las tres candidatas en pos de todo aquello que las rodea, incluído el propio Paris, en cuyo sillón [y el diván que avanza por la izquierda] se pueden apreciar todavía coletazos de aquel vestido de
Emmy Frisch. En cualquier caso, el color de las aspirantes es lamentablemente poco fiel al de la obra vista en directo, pues no es ese blanco que ven ustedes en su pantalla, sino un blanco grisáceo, con toques verdosos, un color de carnación que Kirchner utilizará con frecuencia, matizándolo ligeramente, de aquí en adelante.