Mouseion es una palabra griega que designaba el santuario consagrado a las musas. Con el tiempo, en el helenismo, acabará asociándose a los lugares donde se recibe la inspiración, refiriéndose a un tipo particular de villa reservada para las charlas filosóficas.
El mouseion quiere recoger ese espíritu de encuentro y convertirse en un lugar de reflexión y crítica de las artes contemporáneas.
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lunes, 16 de marzo de 2020

La broma infinita [Fragmento]


[...] ¿Entonces por qué se produjo la abrupta retirada de los consumidores, que dieron marcha atrás y regresaron al viejo teléfono solo para voz?

La respuesta, en una especie de trivalente cáscara de nuez, es la siguiente: 1) el estrés emocional; 2) la vanidad física, y 3) un cierto y extraño tipo de lógica autodestructiva en la microeconomía de la alta tecnología para el consumo.

1. Resultó que había algo terriblemente estresante en las interfaces visuales telefónicas que no existía en las interfaces solo verbales. De repente, los consumidores de videofonía se percataron de que habían sido víctimas de un engaño insidioso, pero totalmente maravilloso, en lo que respecta a la videofonía solo verbal. Antes no habían notado el engaño, como si fuera algo tan complejo emocionalmente que solo se pudiera valorar en el contexto de su pérdida.  

Las viejas y buenas conversaciones solo verbales de antaño te permitían suponer que la persona del otro extremo de la línea te prestaba toda su atención mientras que a ti te traía sin cuidado lo que ella dijera. Una conversación tradicional solo auditiva ―utilizando el teléfono manual cuyo auricular solo tenía seis pequeñas aberturas, pero cuyo auricular significativamente tenía 62 o 36― te permitía entrar en una especie de fuga hipnótica o autopista de semiatención: mientras conversabas, podías mirar la habitación, garabatear, acicalarte, arrancarte diminutos trozos de piel de las cutículas, componer haikus en la agenda telefónica, remover lo que estabas cocinando; incluso podías mantener toda una conversación adicional en lenguaje de signos y mediante exageradas expresiones faciales con la gente que estuviera a tu lado, y todo esto mientras parecías estar prestando la debida atención a la voz del aparato. Y no obstante ―y esa fue la parte retrospectivamente maravillosa―, incluso mientras dividías tu atención entre el teléfono y toda una serie de pequeñas actividades, nunca te sentías acechado por la sospecha de que la atención de tu interlocutor podía estar tan dividida como la tuya. En el transcurso de una conversación tradicional, digamos que te entretenías buscando con los dedos algún granito en el mentón y de ningún modo te sentías deprimido por la idea de que acaso tu interlocutor estuviera haciendo lo mismo. Se trataba de una ilusión, y de una ilusión auditiva con una base auditiva: la voz del otro extremo de la línea era densa, fuertemente comprimida y con un vector directo a tu oído que te permitía imaginar que la atención del interlocutor era igualmente comprimida y concentrada… aunque no lo fuera tu atención. Esa era la cuestión. La ilusión bilateral de atención unilateral era casi infantilmente gratificante desde el punto de vista emocional: tenías que creer que recibías toda la atención de alguien sin tener que devolverla. Vista con la objetividad de una percepción a posteriori, la ilusión parece irracional, casi literalmente fantástica: es como si las dos partes se mintieran, pero confiaran una en la otra al unísono.

La videofonía hizo insostenible esta fantasía. Los usuarios descubrían ahora que tenían que poner la misma expresión casi demasiado intensa de quienes hablan cara a cara. Aquellos usuarios que, por la fuerza de una costumbre inconsciente, sucumbían a acicalarse o alisarse la ropa, ahora daban la impresión de ser groseros, estar distraídos o de prestarse una infantil atención a sí mismos. Los usuarios que, aún más inconscientemente, se exprimían granitos o se metían el dedo en la nariz, se encontraban con expresiones de horror en el rostro del otro extremo de la línea. Todo lo cual daba como resultado un evidente estrés videofónico.

Aún peor, por supuesto, era la impresión traumática de ser expulsado del Edén cuando, al levantar la mirada tras pasar un dedo por tu agenda de teléfonos o ajustar el ángulo de reposo de tu viejo aparato sobre tus piernas, veías que tu videofónica interlocutora jugueteaba con los cordones de sus zapatos mientras te hablaba y te dabas cuenta de pronto de que la fantasía infantil de tener toda la atención del otro mientras tú hablas haciendo otras cosillas como pequeños ajustes en tus partes genitales era una quimera y que en realidad a ti no te prestaban más atención que la que tú prestabas al otro. Los usuarios videofónicos descubrieron que todo lo de la atención se convertía en un asunto monstruosamente estresante.

2. Y el estrés videofónico era aún peor si tú eras ligeramente vanidoso, es decir, si te preocupaba tu imagen. De cara a los demás. Y, bromas aparte, ¿quién no lo es? Las viejas llamadas auditivas se podían hacer sin maquillaje, peluca, prótesis quirúrgicas, etcétera. Incluso sin ropa, si te apetecía. Pero para los conscientes de su imagen la videofonía no ofrecía la menor posibilidad de contestar a una llamada tal como estaban; de este modo, los usuarios empezaron a sentirse ya no como cuando sonaba el viejo teléfono sino como si llamaran a la puerta y ello los obligara a vestirse en un santiamén y ponerse las prótesis y verificar el estado del pelo delante del espejo antes de contestar al timbre.

Pero el verdadero tiro de gracia para la videofonía fue cómo se veían las caras de los usuarios en la pantalla. No la cara del interlocutor, sino la propia cuando la veías en el video. Al fin y al cabo, usar la opción de registrar la llamada para grabar ambas pulsaciones y luego ver cómo había visto tu cara la persona que te había llamado solo era un trámite de tres botones. Esta especie de chequeo visual no era más llevadero que el espejo. Pero la experiencia resultó ser casi universalmente horripilante. La gente se horrorizaba de cómo se veía su rostro en la pantalla. No era simplemente la hinchazón, esa conocida impresión de sobrepeso que el vídeo inflige a una cara. Era algo peor. Incluso con pantallas de alta definición, los usuarios percibían algo esencialmente borroso y de aspecto húmedo, una indefinición pálida que les parecía no solo muy poco lisonjera, sino también evasiva, furtiva, algo desagradable, muy poco digno de confianza. En un primer y aciago estudio de Interlace/GTE, al que nadie hizo caso en medio de la tormenta de entusiasmo empresarial que levantó aquella tecnología de ciencia ficción, se dice que casi el sesenta por ciento de quienes tenían acceso a sus propios rostros durante las llamadas videofónicas se manifestaban específicamente en términos de imagen «de no fiar», «desagradable» o «difícil de gustar» al describir su propio aspecto en la pantalla; hubo un setenta y uno por ciento fenomenalmente desastroso de ciudadanos de la tercera edad que compararon sus propias videocaras específicamente con la de Richard Nixon durante el famoso debate con Kenedy de 1960.

La solución propuesta a lo que los psicólogos asesores de la industria de las telecomunicaciones denominaron Disforia Video-Fisionómica (o DVF) fue sin duda el advenimiento del Enmascaramiento de Alta Definición; de hecho fueron esos empresarios, que gravitaron hacia la producción de imágenes videofónicas de alta definición y luego directamente a las máscaras, quienes superaron la corta vida del fenómeno videofónico sin perder hasta la camisa y bastante forrados.
En lo que respecta a las máscaras, la opción inicial fue de Imágenes Fotográficas de Alta Definición; es decir, coger los elementos más atractivos de un conjunto de fotografías en distintas poses favorecedoras de un determinado usuario y ―gracias a los equipos disponibles de configuración de imágenes de los que fueron pioneras las industrias de la cosmética y del orden público― combinarlos en una composición de alta definición muy atractiva de un rostro con una expresión honesta y con el exceso de intensidad justo para una atención completa, pero fue rápidamente reemplazada por la opción un poco más económica (usando el mismo software de la industria cosmética y del FBI) que consistía en fundir la imagen facial mejorada en una auténtica máscara de resina de polibutileno; los consumidores pronto descubrieron que valía la pena pagar el alto coste de una máscara permanente y portátil porque, si se tenían en cuenta los beneficios de reducción de estrés y de DVF y las eficaces cintas de velcro para atarse la máscara, entonces la cabeza del usuario salía por muy poco dinero; y durante un par de ejercicios fiscales, las compañías de cable telefónico pudieron recuperar la confianza de los consumidores afligidos por la DVF uniéndose en una operación horizontalmente integrada por la cual se entregaban las máscaras en el momento de instalar el aparato. Las máscaras de alta definición, cuando no estaban en uso, simplemente colgaban de un gancho al lado de la consola telefónica del ordenador, dando sin duda una imagen un tanto surrealista y desconcertante cuando se las colgaba vacías y arrugadas; a veces había un problema de identidad errónea potencialmente negativo cuando se trataba de un servicio multiuso familiar o empresarial que implicaba una apresurada elección de la máscara correcta de una larga hilera de máscaras vacías, pero de cualquier modo al principio las máscaras parecieron una viable respuesta de la industria al problema de la vanidad, del estrés y de la imagen facial nixoniana.

2 y quizá también 3. Pero, al combinar el natural instinto empresarial de satisfacer toda la demanda de consumo lo bastante alto, por un lado, con lo que parece ser una distorsión natural casi idéntica en la manera que las personas tienden a verse a sí mismas, se posibilita explicar históricamente la velocidad con que decayó y quedó fuera de control toda la cuestión de las máscaras videofónicas de alta definición. No solo es tremendamente difícil evaluar tu propia imagen, en el sentido, por ejemplo, de si eres apuesto o atractiva ―intenta, por ejemplo, ponerte delante de un espejo y determinar con cierta seguridad dónde estás en una escala de atracción con algo parecido a la misma facilidad objetiva con que determinas dónde están en esa escala las personas que tú conoces y si son guapas o feas―, sino que también resultó que la autopercepción instintivamente sesgada de los consumidores, unida a la cuestión del estrés relacionado con la vanidad, hizo que empezaran a preferir y luego a exigir unas máscaras videofónicas mucho más atractivas de lo que ellos eran en realidad. Los fabricantes de máscaras de alta definición, dispuestos y predispuestos a ofrecer no solo verosimilitud, sino también realce estético ―mentones más prominentes, ojeras menos marcadas, nada de cicatrices ni arrugas―, pronto expulsaron del mercado a los primeros productores de máscaras miméticas. En una progresión gradualmente menos sutil al cabo de un par más de ejercicios de venta, la mayoría de los consumidores usaban máscaras tan innegablemente más atractivas en los videófonos que sus propias caras y se transmitían imágenes de sí mismos tan horrendamente sesgadas y realzadas que se produjo un enorme estrés psicosocial por el cual ingentes números de usuarios se volvieron remisos a abandonar sus hogares o a interfacear personalmente con gente que, ellos se temían, ahora estaba habituada a ver la máscara mucho más fascinante de sí mismos en el teléfono y que sufrirían al verlos en persona (así se expresaba la fobia de los usuarios) la misma desilusión estética que, por ejemplo, producen ciertas mujeres que siempre van maquilladas cuando uno las ve por primera vez con la cara lavada.

Las ansiedades sociales que rodeaban a lo que los psicólogos asesores denominaron Enmascaramiento Optimísticamente No Representativo (EONR) se intensificaron poco a poco a medida que la tecnología de las primeras y rudimentarias cámaras videofónicas dio paso a un diámetro de visión no tan estrecho y ahora las diminutas máscaras podían enviar y recibir imágenes casi de cuerpo entero. Ciertos empresarios psicológicamente poco escrupulosos empezaron a comercializar recortes de cuerpo entero hechos con polibutileno y poliuretano, algo similar a los recortes bidimensionales de hombres musculosos y de bellezas despampanantes en traje de baño y sin cabeza que si uno se pone por detrás y coloca el mentón sobre el cartón entonces se puede hacer sacar fotos baratas en la playa, solo que estas máscaras videofónicas de cuerpo entero eran de alta tecnología y mucho más convincentes.

Al sumar los costes variables del guardarropa bidimensional, las opciones de color de ojos y cabello, las distintas reducciones y ampliaciones estéticas, etcétera, el gasto empezó a perjudicar la rentabilidad de cara al gran mercado, aunque al mismo tiempo se producía una terrible presión social para poder afrontar la mejor imagen corporal bidimensional posible a fin de no sentirse con un aspecto comparativamente espantoso cuando se usaba el teléfono. Por supuesto, no pasó mucho tiempo antes de que la implacable carrera empresarial hacia la ratonera aún mejor diera lugar al Tableaux Transmisible (o TT), el cual, visto en retrospectiva, fue probablemente el que puso brillante punto final al negocio videofónico. Con el TT, el enmascaramiento facial y corporal quedó descartado por completo y fue reemplazado por una imagen de vídeo de lo que era en esencia una fotografía sumamente retocada, una de un ser humano con un estado físico increíble e inmensamente atractivo y proporcionado, alguien que en realidad solo se asemejaba a su usuario en aspectos tan limitados como la raza o el número de extremidades; el rostro atento de la foto se concentraba en dirección a la cámara videofónica desde una habitación suntuosa, pero sin ostentación, que reflejaba fielmente la imagen que uno deseaba transmitir, etcétera.

Los Tableaux no eran más que fotografías de alta calidad en tamaño reducido, con las proporciones de un diorama y colocadas mediante un ajustador de plástico, bastante similar a una tapa de lente, puesto sobre la cámara videofónica. Celebridades extremadamente atractivas del mundo del espectáculo, pero no terriblemente exitosas ―como las que en décadas pasadas llenaban los publirreportajes―, de golpe y porrazo se encontraron en demanda como modelos para los Tableux videofónicos.

Debido a que los Tableaux solo implicaban la mera transmisión de fotografías fijas en vez de imaginería y realces informáticos, podían ser producidos en serie y a un precio ajustado. Por un breve lapso de tiempo, ayudaron a aliviar la tensión entre el alto coste del enmascaramiento corporal realzado y las monstruosas presiones estéticas que la videofonía ejercía en los usuarios, por no mencionar los puestos de trabajo que proporcionó a decoradores fotógrafos, peluqueros y celebridades habituales de los publirreportajes muy presionadas por la declinante fortuna de la publicidad televisiva.

3. Hay una especie de lección reveladora más allá de la breve curva de viabilidad del avance de la tecnología de consumo. La carrera de la videofonía se ajusta con nitidez a la forma clásicamente anular de esta curva: primero se produce una especie de terrible avance como de ciencia ficción en la tecnología de consumo ―como el salto de la telefonía auditiva a la de vídeo―, pero sin embargo ese progreso siempre conlleva ciertas imprevistas desventajas para el consumidor; luego esos nichos de mercado creados por esas desventajas ―como la repulsión estresante y vanidosa de la gente por su propio aspecto videofónico― son llenados ingeniosamente por el mero empuje empresarial. Y, no obstante, esas mismísimas ventajas, resultado de ingeniosas compensaciones para contrarrestar las nuevas desventajas, muy a menudo parecen socavar el avance tecnológico original y todo acaba en una reincidencia del consumo, el cierre de la curva y una pérdida masiva de camisas de los inversores precipitados. En el presente caso, la propia evolución de las compensaciones por vanidad y estrés fue testigo, primero, del rechazo de sus propias facciones por parte de los usuarios, luego, de sus propios parecidos enmascarados y realzados y, finalmente, de la cobertura total de sus videocámaras y la transmisión de Tableaux estáticos y atractivamente estilizados de un aparato a otro. Y por supuesto, detrás de estos dioramas y de la transmisión de Tableaux, los usuarios encontraron que volvían a ser enteramente invisibles y a estar exentos de estrés, sin maquillajes vanidosos ni pelucas, con sus propias orejas por debajo de los dioramas de celebridades, una vez más libre ―ya que eran invisibles― para rascarse, acicalarse, hacerse la manicura o mostrar las arrugas, mientras que en sus pantallas estaba el rostro atento y atractivo de la bien elegida celebridad que al otro lado del Tableau les reaseguraba que eran objeto de una concentrada atención que ellos no tenían por qué prestar.

Y, por supuesto, estas ventajas no eran más que las ventajas en un momento perdidas y ahora valoradas de la vieja época del teléfono Bel ciego y solo auditiva con sus 6 (y 62) agujeros en el aparato. La única diferencia era que ahora este caro Tableau estúpido e irreal era transmitido entre teleordenadores por líneas de videofibra de alto precio. Después de que la gente internalizara y difundiera esta realidad entre los consumidores (curiosamente, en gran parte por vía telefónica), ¿cuánto más tiempo podía un microeconomista esperar que pasase antes de que fuera abandonada la videofonía visual de alta tecnología y se retornase al viejo teléfono, no solo dictado por el sentido común del consumidor, sino al cabo de un tiempo culturalmente aprobado como una especie de integridad chic, no luditismo pero sí una especie de trascendencia retrógrada de la alta tecnología de ciencia ficción como fin en sí mismo, una trascendencia de la vanidad y de la esclavitud a la moda de la alta tecnología que la gente percibe como poco atractiva en los demás? En otras palabras, el retorno a la telefonía solo hablada, al final de la curva de demanda, se conviritó en una especie de símbolo de estatus de la antivanidad, de modo que únicamente los usuarios que no se enteraban de nada siguieron usando videofonía y Tableaux, por no mencionar las máscaras, y esa gente negligente que seguía usando facsímiles se convirtió en un irónico símbolo cultural de vana e indolente sumisión a las relaciones públicas corporativas y a las novedades de la alta tecnología; en el Tiempo Subsidiado fueron los equivalentes en cutrez de la gente con ropa deportiva, pinturas de terciopelo negro, chalecos para sus perros, joyería eléctrica de circonio, raspadores de lengua NoCoat, etcétera. La mayoría de los consumidores de comunicaciones guardaron sus Tableaux de dioramas en el fondo de un estante cualquiera y cubrieron las cámaras con tapas negras de lentes, y ahora usan los colgadores para las máscaras al lado de la consola para colgar las nuevas agendas para teléfonos y direcciones especialmente confeccionadas con un pequeño receptáculo en el borde superior para que cuelguen de los gachos previamente destinados a las máscaras. Pero incluso entonces, la mayoría de los consumidores de Estados Unidos siguieron francamente refractarios a salir de sus casas y del teleordenador e interfacear personalmente, aunque la persistencia de este fenómeno no se puede atribuir exclusivamente a la moda pasajera de la videofonía; de cualquier manera, esta nueva panagorafobia sirvió para abrir nuevos y gigantescos mercados telecomputerizados para la compra diaria y su transporte, y no causó demasiada preocupación a la industria.


David Foster Wallace, 1996

martes, 2 de abril de 2019

El País de Nunca Jamás, por J.M. Barrie


No sé si habéis visto alguna vez un mapa de la mente de una persona. A veces los médicos trazan mapas de otras partes vuestras y vuestro mapa puede resultar interesantísimo, pero a ver si alguna vez los pilláis trazando el mapa de la mente de un niño, que no solo es confusa, sino que no para de dar vueltas. Tiene líneas en zigzag como las oscilaciones de la temperatura en un gráfico cuando tenéis fiebre y que probablemente son los caminos de la isla, pues el País de Nunca Jamás es siempre una isla, más o menos, con asombrosas pinceladas de color aquí y allá, con arrecifes de coral y embarcaciones de aspecto veloz en alta mar, con salvajes y guaridas solitarias y gnomos que en su mayoría son sastres, cavernas por las que corre un río, príncipes con seis hermanos mayores, una choza que se descompone rápidamente y una señora muy bajita y anciana con la nariz ganchuda. Si eso fuera todo sería un mapa sencillo, pero también está el primer día de escuela, la religión, los padres, el estanque redondo, la costura, asesinatos, ejecuciones, verbos que rigen dativo, el día de comer pastel de chocolate, ponerse tirantes, dime la tabla del nueve, tres peniques por arrancarse un diente uno mismo y muchas cosas más que son parte de la isla o, si no, constituyen otro mapa que se transparenta a través del primero y todo ello es bastante confuso, sobre todo porque nada se está quieto.

Como es lógico, los Países de Nunca Jamás son muy distintos [...]; pero en general tienen un parecido de familia y si se colocaran inmóviles en fila uno tras otro se podría decir que las narices son idénticas, etcétera. A estas mágicas tierras arriban siempre los niños con sus barquillas cuando juegan. También nosotros hemos estado allí: aún podemos oír el ruido del oleaje, aunque ya no desembarcaremos jamás.

De todas las islas maravillosas la de Nunca Jamás es la más acogedora y la más comprimida: no se trata de un lugar grande y desparramado, con incómodas distancias entre una aventura y la siguiente, sino que todo está agradablemente amontonado. Cuando se juega en ella durante el día con las sillas y el mantel no da ningún miedo, pero en los dos minutos antes de quedarse uno dormido se hace casi realidad. Por eso se ponen luces en las mesitas.


J. M. Barrie, Peter Pan, 1904

lunes, 21 de marzo de 2016

Los Cantos del Abandono [Efraín Huerta]


PRIMER CANTO DE ABANDONO

I

Si mi voz fuese nube, ira o silencio
crecido con el llanto y el amor;
si fuese luz, o solamente ave
con las alas cargadas de tristeza;
si el silencio viniese, si la muerte...

¿Adónde ir con ella, iluminada
con fuego de gemidos y caricias
y gérmenes de mustias esperanzas?

Y una voz inhumana:
―Donde no existan lágrimas de odio
ni pantanos con rosas y claveles.

Mi voz en la saliva del olvido,
como pez en un agua de naufragio.


II

(Pero yo amo el abandono por violeta y callado.
Amo tu entrada al invierno sin mi cuerpo,
admiro tu fealdad de dalia negra dolorida,
adoro con ceguera tu pasión por la lluvia
y el encanto de tus narices frías,
amada razonable y sencilla).


III

Ya mi voz no suplica ni lastima

lunes, 21 de julio de 2014

Monstruos invisibles [Fragmentos]

I

En las series dramáticas diurnas ―me dice Seth―, es imposible fijarse en nadie. En cada canal hay una vida distinta, y las vidas cambian cada hora. Pasa lo mismo con esos vídeos en directo que se ven en las páginas web. Puedes ver lo que ocurre en el mundo entero sin que nadie se entere.

Brandy lleva tres semanas leyendo el mismo libro.
―La televisión te permite espiar hasta en los aspectos más sexy de las vidas de la gente ―dice Seth―. ¿No te parece interesante?
Tal vez, pero sólo cuando llevas encima 500 miligramos de progesterona micronizada todos los días.

Varios minutos de escenografía transcurren al otro lado de la ventanilla. Tan sólo algunas montañas, antiguos volcanes apagados,
las cosas que se ven al aire libre. Esas cosas intemporales y propias de la naturaleza, Materias primas en estado puro. Sin refinar.
Ríos contaminados. Montañas en mal estado de conservación. Suciedad. Plantas que crecen entre la basura. Condiciones climáticas.

―Y si de verdad crees que tienes libre albedrío, entonces sabes que en realidad Dios no puede controlarnos ―dice Seth.
Seth aparta las manos del volante y las mueve para ilustrar este punto―. Y como Dios no puede controlarnos,
se limita a observar y cambiar de canal cuando se aburre.


II

Pasemos a mí, en el mostrador del hotel, intentando poner ojitos seductores. Dicen que la gente se fija antes de nada en los ojos.
Tengo la atención del auditor de noche, del conserje, del director y de un empleado. La primera impresión es muy importante.
Debe ser por cómo voy vestida, o por la escopeta. Sirviéndome del agujero que tengo en la garganta, con la lengua colgando
y la cara entera hecha una puta cicatriz, digo:
―Gerl terk nahdz gah ssid.
Todos se quedan congelados por mis cautivadores ojos.



III

No hay coches aparcados en los alrededores del Space Center; la gente está en casa viendo la televisión, o siendo televisión,
en el caso de los que creen en Dios.
―Quiero enseñaros dónde terminó el futuro ―dice Seth―. Quiero que seamos de los que eligen el viaje.

Según Seth, el futuro terminó en 1962, en la Feria Mundial de Seattle. Ahí termina todo lo que deberíamos heredar: el hombre llegó a la luna en esa década del milagro del amianto, de la energía nuclear y el combustible fósil; la era espacial, cuando podías subir a visitar el apartamento-platillo volante de los Supersónicos y montarte en el monorrail para ir hasta el centro de la ciudad y comprarte una gorrita de moda, de esas tan divertidas.
Todas esas esperanzas, investigaciones, ciencia y glamour está ahora en ruinas:
El Space Needle.
El Centro de la Ciencia, con sus cúpulas caladas y sus globos colgando.
El monorraíl, que pasa como un rayo cubierto de aluminio pulido.
Así es como se suponía que iban a ser nuestras vidas.
Vayamos. Hagamos el viaje, dice Seth. Se os romperá el corazón, porque los Supersónicos, con su criada robot, Rosie, y sus coches voladores y sus camas tostadoras que te tiran al suelo por la mañana, es como si le hubiesen subarrendado el Space Needle a los Picapiedra.
―El Tang ―dice Seth―, el desayuno de los astronautas. Y ahora la gente vine aquí con sandalias de cuero hechas por ellos mismos. Sus hijos se llaman Jonás o Moisés, como en el Antiguo Testamento.[...]
―La gente que ahora va al Space Needle tiene puestas las lentejas a remojo en casa y pasea entre las ruinas del futuro como los bárbaros cuando encontraron las ruinas griegas y pensaron que seguramente las había construido Dios.


IV

Además, la histeria sólo es posible cuando tienes público. Todos sabemos lo que tenemos que hacer para conservar la vida.
La gente no hace más que joderte cuando reacciona como si todo lo que pasa fuera horrible. […]
Pasemos a cómo era la vida cuando eras un bebé y sólo podías tomar alimentos infantiles. Te acercas tambaleándote hasta la
mesita del café. Te pones en pie y tienes que mantener el equilibro sobre unas piernas que son como salchichas de Viena, o caer.
Luego llegas hasta la mesa y te das con la esquina en la tierna cabeza infantil.
Caes al suelo y, joder, como duele. Pero la tragedia no empieza hasta que llegan papá y mamá.
Ah, pobrecita, qué valiente.
Y entonces te pones a llorar.


V


―Y ahora ―dicen esos labios azul Plumbago―, vas a contarme tu historia como acabas de hacer. Escríbela toda. Cuéntala una y otra vez. Cuéntame tu triste historia durante toda la noche.
La reina Brandy me señala con un dedo largo y huesudo.
―Cuando comprendas ―dice Brandy― que lo que estás contando no es más que una historia. Que ya no está pasando. Cuando comprendas que la historia que estás contando no es más que un puñado de palabras, cuando puedas arrugarla y tirar tu pasado a la papelera, entonces decidiremos quién vas a ser a partir de ahora.

martes, 24 de junio de 2014

Las Sirenas de Titán [Fragmentos]

Hoy queremos compartir unos pequeños fragmentos, casi a modo de degustación, de Las Sirenas de Titán [Kurt Vonnegut, 1959]. 
Un libro que pone la ciencia-ficción al servicio de una cierta ironía y un humor finísimo, como esperamos quede constancia en estos breves ejemplos, que a su vez consideramos la mejor forma de recomendarlo: 


I

Cualquier explicación sobre los infundibula crono-sinclásticos ofenderá seguramente a los especialistas en la materia. Como quiera que sea, la mejor explicación breve es la del Dr. Cyril Hall, que aparece en la decimocuarta edición de la Enciclopedia infantil de maravillas e inventos. Reproducimos aquí el artículo completo, amablemente autorizados por los editores:

Infundibula crono-sinclásticos. Imagina que tu papá es el hombre más inteligente de la tierra, y que conoce todo lo existe, tiene razón en todo y puede probarlo. Imagina ahora a otro chico en otro lindo mundo, a millones de años luz de distancia, y que el papá de ese chico es el hombre más inteligente de ese lindo mundo tan alejado. Y que es tan inteligente y tiene tanta razón como tu papá. Los dos papás son inteligentes, los dos papás tienen razón.
Sólo que si llegaran a encontrarse, se pelearían muchísimo, porque no estarían de acuerdo en nada. Tú puedes decir que tu papá tiene razón y que el papá del otro chico está equivocado, pero el Universo es un lugar enormemente grande. Hay espacio bastante para una inmensa cantidad de gente que tiene razón y sin embargo no se pone de acuerdo.
La razón de que los dos papás tengan razón y sin embargo se peleen tanto es la de que hay muchísimas maneras de tener razón. Pero hay lugares en el Universo donde todas las clases diferentes de verdades se ajustan tan bien como las piezas del reloj solar de tu papá. A esos lugares se les llama infundibula crono-sinclásticos. [...]
Crono significa tiempo. Sinclástico significa curvado hacia el mismo lado en todas direcciones, como la cáscara de una naranja. Infundibulum es lo que los antiguos romanos como Julio César y Nerón llamaban un embudo. Si no sabes lo que es un embudo, pídele a tu mamá que te muestre uno.

II

Koradubian afirmaba que Rumfoord le había hablado del año Diez Millones d.C.
Según Koradubian, en el año Diez Millones habría una tremenda barrida. Todas las crónicas relativas  al período comprendido entre la muerte de Cristo y el año Un Millón serían echadas a la basura y quemadas. Así se haría, decía Koradubian, porque los museos y archivos atiborrados amenazaban con expulsar a los seres vivientes de la Tierra.
El período de un millón de años relacionado con la quema de trastos viejos, se resumiría en los libros de historia, según Koradubian, en una frase: Después de la muerte de Cristo hubo un período de reajuste que duró aproximadamente un millón de años.

Winston Niles Rumfoord lanzó una carcajada y dejó de lado el artículo de Koradubian.



miércoles, 21 de mayo de 2014

Charla entre genios [Fragmentos]

Citas rescatadas de la charla entre Javier Marías, Mario Vargas Llosa y Arturo Pérez Reverte con motivo de los cincuenta años de la editorial Alfaguara.


Javier Marías: "Yo quería escribir para leer más.... Hay una palabra que está muy olvidada hoy en día, y que nadie utiliza, y que además se confunde con otras menos nobles, y yo es una palabra que siempre reivindico y quisiera que no estuviera tan olvidada, que es la emulación. La emulación no es la imitación pura y simple, no es por supuesto el plagio. Emular tiene el deseo de acercarse a aquello que uno más admira y aquello que a uno le da más placer." 

Mario Vargas Llosa: "Yo publiqué mi primer libro cuando tenía veintiuno o veintidos años, un libro de cuentos que se llama Los Jefes que salió en Barcelona, y aparecieron cuatro críticas. Tres creo que eran cordiales y las he olvidado por completo. Pero había una que era un ataque muy duro, y esa en cambio si la recuerdo. Y recuerdo sobretodo un reproche que me hacía el crítico: 
"Este señor llama a la falleba de la puerta, ¡manija!... ¿Qué cosa querrá decir?" 
Ponía "Averígüelo Vargas"... 
Nunca he olvidado aquella crítica porque nunca más me he vuelto a encontrar la palabra falleba en mi vida"

Arturo Pérez Reverte: "Yo creo que un escritor serio, coherente, profesional, digamos un escritor... de verdad, como actividad principal de tu vida es: lo que ha leído más lo que ha vivido más lo que imagina. Esos tres elementos conforman el mundo que un escritor lleva consigo. En realidad lo que hace un escritor es reescribir los libros que amó a la luz de lo que después él ha vivido.... [...] 
El problema está en que uno puede hacer sus planes.. yo los hago, tengo mis planes, yo hay novelas que quiero escribir, hay novelas que necesito escribir, novelas que ya se me han pasado. Porque yo creo que cada novela tiene su momento, y a veces no llegas, o ya te has pasado..."



Amplios son los tesoros del olvido [Fragmento Sir Thomas Browne]

[Este fragmento fue originariamente escrito en prosa. Pero,
al pertenecer a eso que se me ha dado en llamar prosa poética,
lo transcribo así, pues así es como suena en mi cabeza.]


"Amplios son los tesoros del olvido
e innumerables los montones de cosas próximas
a la nulidad.

Más hechos hay sepultados en el silencio que registrados,
y los más copiosos volúmenes
son epítomes de lo que ha sucedido.

La crónica del tiempo empezó con la noche
y la oscuridad todavía la sirve.

Algunos hechos nunca salen a la luz.


jueves, 26 de julio de 2012

EL ELOGIO DE LA LOCURA

Dice la estulticia:
I
Sé muy bien lo que dice de mí la gente, pues no se me oculta la mala fama que tengo, aún entre los más necios. Pero soy la única que, cuando quiero, hago reír a los hombres y a los dioses.

II
Sin mí no existiría ningún tipo de sociedad ni relación humana agradable y sólida. Sin mí el pueblo no aguantaría por mucho tiempo a su príncipe, ni el amo al criado, ni la criada a la señora, ni el amigo al amigo, ni la mujer al marido...

III
¿Quién puede negar que todo esto es absurdo? Esta misma insensatez crea naciones y mantiene imperios, autoridades, la magistratura, la religión, los consejos y los tribunales. Toda vida humana, en fin, no es más que una especie de deporte de la insensatez.

IV
El sabio se refugia en los libros de los antiguos, de los que aprende meras sutilezas de palabras. El insensato, en cambio, se enfrenta a todo y prueba todo, y con ello adquiere la verdadera prudencia. Esto ya lo vio Homero, aunque era ciego. Pues hay dos obstáculos principales para alcanzar la experiencia  de las cosas: cierto pudor que obnubila la mente; y el miedo, que se opone a obrar en cuanto advierte el peligro. La insensatez en cambio libera generosamente de ambos inconvenientes.

V
Algunas palabras pueden costar la vida al sabio, mientras que proferidas por un bufón resultan relajantes. La verdad lleva en sí misma el don de agradar con tal de que no ofenda, y los dioses sólo han concedido este don a los insensatos.